jueves, 10 de septiembre de 2009

Embajador de Cristo 005




Hoy vamos a añadir las páginas 49, 50 y 51 de la Historia de Cristo, de Giovanni Papini.


HISTORIA DE CRISTO Página 49


HERODES EL GRANDE


Herodes era un monstruo, uno de los más pérfidos monstruos salidos de los tórridos desiertos de Orien­te, que ya habían engendrado más de uno, horribles a la vista.

No era Hebreo, no era Griego, no era Romano. Era Idumeo: un bárbaro que se arrastraba ante Roma y halagaba a los Griegos para asegurarse mejor el domi­nio sobre los Hebreos. Hijo de un traidor, había usur­pado el reino a sus señores, a los últimos desgraciados Asmoneos. Para legitimar su traición se casó con una sobrina suya, Mariamna, a la que después, por injus­tas sospechas, mató. No era su primer delito. Antes había mandado ahogar a traición a su cuñado Aris­tóbulo, había condenado a muerte a otro cuñado suyo, José, y a Arcano II, último reinante de la dinastía ven­cida. No contento con haber hecho morir a Mariamna, mandó matar también a Alejandra, madre de ésta, e in­cluso a los pequeñuelos de Baba, únicamente por ser pa­rientes lejanos de los Asmoneos. Entre tanto se diver­tía con mandar quemar vivos a Judas de Sarifeo y Ma­tías de Margaloth, juntamente con otros jefes fariseos. Más tarde, temiendo que los hijos habidos de Ma­riamna quisieran vengar a su madre, los mandó estran­gular; próximo a morir, dió orden de matar también a un tercer hijo, Arquelao.

Lujurioso, desconfiado, im­pío, ávido de oro y gloria, no tuvo nunca paz ni en su casa, ni en Judea, ni consigo mismo. Con el fin de que olvidasen sus asesinatos, hizo al pueblo de Roma un donativo de trescientos talentos para que se gastasen en fiestas.


Página 50 CIOVANNI PAPINI


Se humilló ante Augusto para que le guar­dase las espaldas en sus infamias, y al morir le dejó diez millones de dracmas y, además, una nave de oro y otra de plata para Livia.

Este soldadote advenedizo, este Arabe mal desbas­tado pretendió ganar y conciliar a Helenos y Hebreos: consiguió comprar a los degenerados descendientes de Sócrates, que llegaron hasta a levantarle una estatua en Atenas; pero los Hebreos le odiaron hasta su muer­te. Inútilmente reedificó Samaria y restauró el Tem­plo de Jerusalén; para ellos era siempre él pagano y el usurpador.

Tremebundo como los malhechores viejos y los prín­cipes nuevos, el murmullo de una hoja, el temblor de una sombra, le estremecían. Supersticioso como todos los orientales, crédulo en presagios y agüeros, pudo fácilmente creer en los Tres que venían de los confi­nes de la Caldea conducidos por una estrella hacia el país por él robado con el fraude. Cualquier preten­diente, por fantástico que fuese, le hacía temblar. Y cuando supo por los Magos que un rey de Judea había nacido, su corazón de bárbaro intranquilo se sobresal­tó. Viendo que no volvían los Astrólogos a mostrarle dónde había aparecido el nuevo nieto de -David, or­denó que fuesen muertos todos los niños de Belén. Flavio Josefo calla esta última hazaña del Rey; mas, quien había hecho matar a sus propios hijos, ¿no. era capaz de suprimir a los que él no había engendrado?

Nadie supo nunca cuántos fueron los niños sacri- ficados al miedo de Herodes. No era la primera vez que en Judea eran pasados a cuchillo los niños al pecho de sus madres; el mismo pueblo hebreo


HISTORIA DE CRISTO Página 51


había castigado en tiempos antiguos a las ciudades enemigas con la matanza de los viejos, de las esposas, de los jóvenes y de los niños; no conservaba más que las vír­genes para hacerlas sus esclavas y concubinas. Ahora el Idumeo aplicaba la ley del Talión al pueblo que la había practicado.

No sabemos cuántos serían los inocentes; pero sa­bemos—si Macrobio merece fe—que entre ellos hubo un hijo pequeño de Herodes que estaba criándose en Belén. Para el viejo monarca, uxoricida y parricida, quién sabe si no fué esta una venganza; quién sabe si sufrió siquiera cuando le llevaron la noticia del error. Poco después él mismo abandonó la vida asaltado por males asquerosos. Vivo aún, corrompíasele el cuerpo; los gusanos le roían sus miembros; tenía los pies hin­chados; faltábale el aliento; hedíale la boca insoporta­blemente. Repugnante a sí mismo, intentó matarse en la mesa con un cuchillo, y por fin murió, después de haber ordenado a Salomé que mandase matar a muchos jóvenes que estaban encerrados en las prisiones.

La Degollación de los Inocentes fué la última haza­ña del hediondo y sanguinario viejo. Esta inmolación de Inocentes en torno de la cuna de un Inocente; este holocausto de sangre por un recién nacido que ofre­cerá su sangre por el perdón de los culpables; este sacrificio humano por aquel que a su vez será sacri­ficado, tiene un sentido profético. Miles y miles de inocentes han de morir después de su muerte sin más delito que el de haber creído en su Resurrección: nace para morir por los demás, y he aquí que mueren por él miles de nacidos, como para pagar su nacimiento.

Hay un tremendo misterio en esta ofrenda sangrien‑


martes, 8 de septiembre de 2009

Embajador de Cristo 004


Giovanni Papini

Hoy vamos a añadir las páginas 46, 47 y 48 de la Historia de Cristo, de Giovanni Papini:


Página 46 GIOVANNI PAPINI


de Oriente hace acto de sumisión al nuevo Señor, que enviará a sus anunciadores hacia Occidente; los Sabios se arrodi­llan ante aquel que someterá la Ciencia de las pala­bras y de los números a la nueva Sabiduría del Amor.

Los Magos en Belén significan las viejas teologías que reconocen la definitiva revelación, la Ciencia que se humilla ante la Inocencia, la Riqueza que se pos­tra a los pies de la Pobreza.

Ofrecen a Jesús el oro que Jesús pisoteará; no le ofrecen porque María, pobre, pueda necesitarlo para el viaje, sino por obedecer por adelantado a los con­sejos del Evangelio: vende lo que posees y dáselo a los pobres. No ofrecen el incienso para vencer el he­dor del Establo, sino porque sus liturgias van a aca­bar y ya no tendrán necesidad de humos y perfumes para sus altares. Ofrecen la mirra que sirve para em­balsamar a los muertos porque saben que aquel niño morirá joven, y su madre, que ahora sonríe, habrá me­nester aromas con que embalsamar el cadáver.

Arrodillados, envueltos "en los suntuosos mantos rea­les y sacerdotales, sobre la paja del estiércol, ellos, los poderosos, los doctos, los adivinos, se ofrecen a sí mismos en prenda de la obediencia del mundo.

Jesús ha obtenido ya las primeras investiduras a que tenía derecho. Apenas se parten los Magos em­piezan las persecuciones de los que le odiarán hasta la muerte.


HISTORIA PE CRISTO Página 47


OCTAVIAN


Cuando Cristo apareció entre los hombres, los cri- minales reinaban, obedecidos, sobre la tierra. Nacía sujeto a dos señores: el uno, más fuerte y lejano, en Roma; el otro, más infame y próximo, en Judea. Una canalla aventurera y afortunada había arrebatado, a costa de estragos, el Imperio; otra canalla aventurera y,afortunada había arrebatado, a costa de estragos, el reino de David y de Salomón.

Ambos habían ascendido por caminos perversos e ilegítimos: a través de guerras civiles, traiciones, cruel­dades y matanzas. Habían nacido para entenderse; eran, de hecho, todo lo amigos y cómplices que lo permitía el vasallaje del criminal subalterno para con el criminal principal.

El hijo del usurero de Velletri, Octaviano, habíase mostrado cobarde en la guerra, vengativo en las vic­torias, traidor en las amistades, cruel en las represa­lias. A un condenado que le pedía por lo menos se­pultura, le respondió: Eso es cosa de los buitres. A los Perusinos destrozados que pedían gracia, les gritaba: Moriendum esse! Al pretor Q. Gallio, por una simple sospecha quiso arrancarle los ojos por sí mismo antes de que lo degollasen. Obtenido el Imperio, extenuados y dispersos los enemigos, conseguidas todas las ma­gistraturas y potestades, habíase puesto la máscara de la mansedumbre y no le quedaba de los vicios juve­niles más que la liviandad. Se contaba que de joven había vendido su virginidad por dos veces: la primera vez a César; la segunda, en España, a Irzio, por trescientos mil sextercios. A la sazón se


Página 48 GIOVANNI PAPINI


divertía con sus muchos divorcios, con las, nuevas nupcias con mujeres que arrebataba a los enemigos, con adulterios casi pú­blicos y con representar la comedia del restaurador del pudor.

Este hombre, contrahecho y enfermizo, era el amo de Occidente cuando nació Jesús, y no supo nunca que había nacido quien había de disolver lo que él había fundado. A él le bastaba la fácil filosofía del rechoncho y plagiario Horacio: "Gocemos hoy del vino y del amor; la muerte sin esperanza nos espera; no perda­mos un día." En vano el celta Virgilio, el hombre del campo, el amigo de las sombras, de los plácidos bue­yes, de las abejas doradas, el que había descendido con Eneas a contemplar a los, condenados del Aver­no y desahogaba su inquieta melancolía con la música de la palabra; en vano Virgilio, el amoroso, el tierno Virgilio, había anunciado una nueva edad, un orden nuevo, una nueva raza, un Reino de los Cielos, des­colorido, es verdad, e inferior al que anunciará Jesús, pero mucho más noble y puro que el Reino del In­fierno que estaba preparándose. En vano, porque Au­gusto había visto en aquellas palabras una fantasía pas­toril y había creído tal vez él, el corrompido señor de corrompidos, ser el Salvador anunciado, el restau­rador del Reino de Saturno.

Presentimiento del nacimiento de Jesús, del verda­dero Rey que venía a suplantar a los Reyes del Mal, lo tuvo, tal vez antes de morir, el gran cliente oriental de Augusto, su vasallo de Judea, Herodes el Grande.


lunes, 7 de septiembre de 2009

Embajador de Cristo 003



Traemos hoy las páginas 44 y 45 de la Historia de Cristo,
de Giovanni Papini:

Página 44 GIOVANNI PAPINI


y le miraban con amor, y con amor le ofrecían aquellas pobres riquezas. Sabían que aquel Niño nacido de Pobres en la Pobreza, nacido Sencillo en la Sencillez, nacido de Aldeanos en medio del Pueblo, había de ser el rescatador de los Humildes, de aquellos hombres de "buena voluntad" sobre los cuales el Angel había invocado la paz.

También el Rey Desconocido, el vagabundo Odiseo, de nadie fué acogido con tanta alegría como del pas­tor Eumeo en su Establo. Pero Ulises iba hacía Ita­ca para tomar venganza; volvía a su casa para matar a sus enemigos. Jesús, por el contrario, venía a conde­nar la venganza, a enseñar el Perdón de los enemigos. Y el amor de los Pastores de Belén ha hecho olvidar la hospitalaria piedad del porquerizo de Itaca.


LOS TRES MAGOS


Algunos días después, tres Magos llegaban de Cal­dea y se arrodillaban ante Jesús.

Venían tal vez de Ecbatana, tal vez de las orillas del mar Caspio. A caballo en sus camellos, con sus henchidas alforjas colgadas de las sillas, habían va­deado el Tigris y el Éufrates, atravesado el gran de­sierto de los Nómadas, bordeado el mar Muerto. Una estrella nueva -semejante al cometa que aparece de cuando en cuando en el cielo para anunciar el nacímiento de un Profeta o la muerte de un César- los había guiado hacia Judea. Habían ido a adorar a un Rey y se encontraban con un Infante mal fajado, escondido en un establo.


HISTORIA DE CRISTO Página 45


Casi mil años antes que ellos, una Reina de Oriente había ido en peregrinación a Judea llevando también sus dones: oro, aromas y gemas preciosas. Pero había encontrado a un gran Rey en el trono, al rey más grande de cuantos jamás han reinado en Jerusalén, y de él había aprendido lo que nadie le había sabido enseñar.

Los Magos, por el contrario, que se creían más sa­bios que los Reyes,- habían encontrado a un niño na­cido hacía pocos días, un niño que desdeñaría, cuando fuese mayor, los tesoros de la Materia y la ciencia de la Materia.

Los Magos no eran Reyes; pero eran, en Media y Persia, señores de los reyes. Los reyes mandaban a los pueblos, pero los magos guiaban a los reyes. Sa­crificadores, intérpretes de los sueños y ministros, ellos solos decían comunicar con Ahura Mazdá; ellos solos pretendían conocer el futuro y el destino. Mataban con sus propias manos a los animales enemigos del hombre y de las mieses: las serpientes, los insectos nocivos, las aves nefastas. Purificaban a los hombres y los campos; ningún sacrificio era tenido por agrada­ble a Dios si no era ofrecido por sus manos; ningún rey hubiera movido guerra sin haberlos escuchado. Se preciaban de poseer los secretos de la tierra y los del cielo; sobresalían entre toda su gente en nombre de la Ciencia y de la Religión. En medio de un pueblo que vivía para la Materia, representaban el papel del Espíritu.

Era justo, por tanto, que fuesen a inclinarse ante Jesús. Después de las Bestias, que son la Naturaleza; después de los Pastores, que son el pueblo, esta tercera potencia –el Saber- se arrodilla ante el pesebre de Belén. La vieja casta sacerdotal


domingo, 6 de septiembre de 2009

Embajador de Cristo 002



Traemos hoy las páginas 42 y 43 de la Historia de Cristo, de Giovanni Papini

Página 42 GIOVANNI PAPINI


Reyes y pueblos se habían inclinado hasta entonces ante los Bueyes y los Asnos. Eran los reyes de la tie­rra, los pueblos que preferían la Materia. Pero Jesús no nacía para reinar sobre tierra ni para amar la ma­teria. Con Él acabará la adoración de la Bestia, la debilidad de Aarón, la superstición de Augusto. Los Brutos de Jerusalén lo matarán; pero, en tanto, los de Belén lo calientan con su aliento. Cuando Jesús lle­gue, para la última Pascua, a la ciudad de la Muer­te, cabalgará en un asno. Pero Él es profeta más gran­de que Balaam; ha venido a salvar a todos los hom­bres y no sólo a los hebreos, y no retrocederá en su camino, aunque todos los mulos de Jerusalén rebuznen contra él.

LOS PASTORES

Después de las Bestias, los Guardianes de las bes­tias. Aunque el Angel no hubiese anunciado el gran nacimiento, ellos hubieran corrido al establo para ver al hijo de la Extranjera.

Los pastores viven casi siempre solitarios y distan­tes. No saben nada del mundo lejano y de las fiestas de la Tierra. Cualquier suceso que acaezca cerca de ellos, por pequeño que sea, los conmueve. Vigilaban a los rebaños en la larga noche del solsticio cuando les estremecieron la luz y las palabras del Angel.

Y apenas vieron, en la escasa luz del establo, una mujer, joven y bella, que contemplaba en silencio a su hijito, y vieron al Niño con los ojos abiertos en aquel instante, aquellas carnes rosadas y delicadas,


HISTORIA DE CRISTO Página 43


aquella boca que no había comido aún, su corazón se enterneció. Un nacimiento, el nacimiento de un hombre un alma que viene a sufrir con las otras al­mas, es siempre un milagro tan doloroso, que enter- nece aun a los sencillos que no lo comprenden. Y aquel nacido no era para aquellos que habían sido avi­sados un desconocido, un niño como todos los demás, sino aquel que desde hacía mil años era esperado por su pueblo doliente.

Los Pastores ofrecieron lo poco que tenían, lo poco que, sin embargo, es mucho si se da con amor; lleva­ron los blancos donativos de la pastorería: la leche, el queso, la lana, el cordero. Aun hoy, en nuestras montañas, donde están muriendo los últimos vestigios de la hospitalidad y la hermandad, apenas ha alum­brado una esposa acuden las hermanas, las mujeres, las hijas de los pastores. Y ninguna con las manos vacías: quién con dos pares de huevos, todavía ca­lientes del nido; quién con una jarra de leche fresca recién ordeñada; quién con un queso que apenas ha echado corteza; quién con una gallina para hacer el caldo a la parturienta. Un nuevo ser ha aparecido en el mundo y ha comenzado su llanto: los vecinos, como para consolarle, llevan a la madre sus presentes.

Los Pastores antiguos eran pobres y no desprecia­ban a los pobres-, eran sencillos como niños y goza­ban contemplando a los niños. Eran nacidos de un pue­blo engendrado por el Pastor de Ur y salvado por el Pastor de Madián. Pastores habían sido sus primeros Reyes: Saúl y David—pastores de rebaños antes que pastores de tribu—. Pero los pastores de Belén, "ig­norados del Mundo duro", no eran soberbios. Un pobre había nacido entre ellos,



sábado, 5 de septiembre de 2009

Embajador de Cristo 001


Giovanni Papini
SANTANDER 2009

Todos los años, durante el mes de Agosto vamos a Santander.
Su clima y la belleza de toda la Autonomía nos atraen de una forma especial.
Todos los años, en ese mes, mi cuñada Mercedes, deja por los sitios en los que me siento a leer, algo que atraiga mi curiosidad.
Este año, de esta forma he conocido unas Cartas Peruanas, escritas por un jesuita llamado Juan Manuel. No sé más detalles de él. Pero una de esas cartas, descriptiva de su vocación me ha impactado donde cuenta que para la estampa-recordatorio de su ordenación sacerdotal eligió una frase de la Biblia: en la segunda carta de San Pablo a los Corintios, 5.20, dice:

“Somos embajadores de Cristo”

La carta de este jesuita me impulsa a ser embajador de Cristo, intentando transmitir la más hermosa imagen de Jesús y he estado pesando cómo hacerlo:
A través de mi blog
http://testimoniosdelafeebz.blogspot.com

transcribiendo diariamente alguna página de la Historia de Cristo de Giovanni Papini, que, a mi juicio, describe una bonita historia de la vida de Jesús.

Tengo ante mí el tomito, de 593 páginas. Las 5 primeras son una “Advertencia de los Editores”. Las siguientes 24, hasta la 35 inclusive constituyen “El autor al que leyere”.

Si algún lector desea tener esas páginas primeras puede pedírmelas y con mucho gusto le enviaré

una copia.


A partir de la página 39 comienza la

HISTORIA DE CRISTO
de Giovanni Papini

EL ESTABLO
Jesús nació en un establo.
Un establo, un verdadero establo, no es el alegre pórtico ligero que los pintores cristianos han edifica­do al Hijo de David, como avergonzados de que su Dios hubiese nacido en la miseria y la suciedad. Y no es tampoco el pesebre de yeso que la fantasía confite­ril de los imagineros ha ideado en los tiempos mo­dernos: el pesebre limpio y amable, gracioso de color, con la pesebrera linda y bien dispuesta, el borriquillo estático, y el compungido buey y los ángeles sobre el techo con el festón volandero y los muñequitos de los reyes con sus mantos y los pastores, con sus capuchas, de rodillas a los dos lados del zaguán. Este pue­de ser un sueño de los novicios, un lujo de los párrocos, un juguete de los niños, el "vaticinado albergue" de Alessandro Manzoni; pero no es, en verdad, el Es­tablo donde nació Jesús.
Un Establo, un Establo real, es la casa de los ani­males, la prisión de los animales que trabajan para el hombre. El antiguo, el pobre establo de los países an­tiguos, de los países pobres, del país de Jesús, no es

40 GIOVANNI PAPINI
el pórtico con pilastras y capiteles, ni la científica ca­balleriza de los ricos de hoy día o la cabaña elegan­te de las vísperas de Navidad. El Establo no es más que cuatro paredes rústicas, un empedrado sucio, un techo de vigas y lanchas. El verdadero Establo es obs­curo, descuidado, maloliente: no hay limpio en él más que la pesebrera donde el amo prepara el heno y los piensos.
Los prados de primavera, frescos en las mañanas serenas, ondeantes al viento, húmedos, olorosos, han sido segados; cortadas con el hierro las hierbas ver­des; los altos follajes finos, arrancados juntamente; las bellas flores, abiertas: blancas, rojas, amarillas, celes­tes. Todo se ha marchitado y, seco ya, toma el color pálido y único del heno. Los bueyes han llevado a casa los muertos despojos de mayo y de junio.
Ahora, aquellas hierbas y flores, aquellas hierbas áridas, aquellas flores que siempre huelen, están en la pesebrera para el hambre de los Esclavos del Hom­bre. Los animales las toman despacio, con sus gran­des labios negros, y más tarde el prado florido vuelve a la luz, sobre la paja que sirve de lecho, trocado en húmedo estiércol.
Este es el verdadero Establo donde nació Jesús. El lugar más sucio del mundo fué la primera habitación del más puro entre los nacidos de mujer. El Hijo del Hombre, que debía ser devorado por las Bestias que se llaman Hombres, tuvo como primera cuna el pese­bre donde los Brutos rumian las flores milagrosas de
la Primavera.
No nació Jesús en un Establo por casualidad. ¿No
es el mundo un inmenso Establo donde los hombres


HISTORIA DE CRISTO 41

engullera y estercolizan? ¿No cambian, por infernal al­quimia, las cosas más bellas, más puras, más divinas en excrementos? Luego se tumban sobre los montones de estiércol, y llaman a eso "gozar de la vida".
Sobre la tierra, porqueriza precaria donde todos los hermoseamientos y perfumes no pueden ocultar el es­tiércol, apareció una noche Jesús, dado a luz por una Virgen sin mancha, armado solamente de su Inocencia.
Los primeros que adoraron a Jesús fueron animales y no hombres.
Entre los hombres buscaba a los sencillos; entre los sencillos, a los niños; más sencillos que los niños, más mansos, le acogieron los animales domésticos. Aunque humildes, aunque siervos de seres más débiles y fero­ces que ellos, el Asno y el Buey habían visto a las multitudes arrodillarse ante ellos. El pueblo de Jesús, el pueblo de Jehová, el pueblo santo que Jehová ha­bía libertado de la servidumbre de Egipto, el pueblo a quien el pastor había dejado solo en el desierto para subir él a hablar con el Eterno, había forzado a Aarón a hacerle un Buey de Oro para adorarlo.
El Asno estaba consagrado en Grecia a Ares, a Dio­nisio, a Apolo Hiperbóreo. La Burra de Balaam ha­bía salvado con sus palabras al profeta, más sabia que el sabio. Ocos, rey de Persia, colocó' un Asno en el templo de Ftah e hizo que se le adorara.
Pocos años antes de que naciera Cristo, Octavia­no, descendiendo hacia su flota, la víspera de la ba­talla de Azio, encontró a un amero con su borriquillo. El animal se llamaba Nicón (el Victorioso), y, des­pués de la batalla, el Emperador hizo levantar un asno de bronce en el templo que recordase la victoria.

lunes, 24 de agosto de 2009

TVE a la CARTA: ADEMÁS

Además es una organizacion, sin animo de lucro que intenta completar proyectos de otras personas o entidades y lo conaigue con exito. Se transmitió ayer día 23 de Agosto de 2009.
Pinchad abajo donde pone TVE a la Carta y vereis el vídeo.

TVE a la CARTA

domingo, 28 de junio de 2009

ME SÉ AMADO

Ante la proximidad de su muerte el filósofo y catedrático de la Universidad de Lovaina, Padre
Auguste Valensin, S.J. escribió una impresionante página sobre el amor de Dios, que fue leída
sobre su tumba.

La pongo a continuación:

ME SÉ AMADO

La fe en el amor de Dios fue el resorte de la vida del Padre Auguste Valensin S. J. Ante la proximidad de su muerte, el filósofo, Catedrático de la Universidad de Lovaina, reafirma su fe inquebrantable en ese amor. Esta página impresionante fue leída sobre su tumba.

"Los sentimientos que yo quisiera tener en la hora de mi muerte,


son los que tengo actualmente: pensar que voy a descubrir la Ternura. Es imposible que Dios me decepcione; no puedo ni pensarlo. Iré a Él y le diré "No me enorgullezco de nada, sino de haber creído en tu bondad".

Ahí está, en efecto, mi fuerza, toda mi fuerza, mi única fuerza. Si

ésta me abandonara, si perdiera esta confianza en el Amor, todo habría acabado, pues tengo el sentimiento de no valer absolutamente nada. Y si hace falta ser digno de la felicidad para poseería, es como para renunciar a ella. Pero según avanzo en la vida, veo mejor que tengo razón para representarme al Padre como la indulgencia infinita.

Que los maestros de la vida espiritual digan lo que quieran; que hablen de justicia, de exigencias, de temores. Mi juez es el que todos los días subía a la torre y oteaba el horizonte para ver si el hijo pródigo volvía. ¿Quién no quisiera ser juzgado por Él? Yo no temo a Dios, pero no es tanto porque yo le ame, sino porque sé que soy amado por Él.

No siento la necesidad de preguntarme por qué me ama mi Padre o lo que Él ama en mí. Además me costaría mucho responder y, más exactamente, me sentiría incapaz de contestar. Me ama porque Él es amor. Y basta que yo acepte ser amado por Él, para serlo efectivamente.

Pero es necesario que yo haga este gesto personal de aceptar su amor. Ésa es la dignidad, la belleza misma del amor que Él quiere. El amor no se impone; se ofrece. ¡Oh Padre, gracias por amarmet f no seré yo quien te grite que soy indigno. En todo caso, amarme á mí, tal como soy, he ahí lo que es digno de ti, digno de\ amor esencial, digno del amor esencialmente gratuito.

Este pensamiento me fascina. Aquí estoy bien al abrigo de los escrúpulos, de la falsa humildad descorazonadora, de la tristeza espiritual." (Auguste Valensin S. J.)


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