domingo, 11 de mayo de 2008

PENTECOSTES




Hoy es Pentecostés

















¡Oh, llama de amor viva!

En el día de Pentecostés se cumplen cincuenta días de la resurrección de Jesucristo. El número simboliza la plenitud perfecta. Con esta fiesta se clausura el tiem­po de Pascua, que forma un todo desde la resurrección hasta la venida del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el don perfecto de la Pascua, el don de Cristo resucitado y glorioso, rebosante del Espíritu. De su santísima humanidad brota ese Espíritu para todo el que se acerca a beber de Él.

El Espíritu Santo es una persona divina, la tercera persona de la Santísima Trinidad. Es el amor personal de Dios. Es Dios amor y nos diviniza. Este Es­píritu Santo ya aletea­ba al inicio sobre las aguas, convirtiendo el caos en cosmos. El mismo Espíritu que dio fuerza a los jueces, que inspiró a los pro­fetas, que hizo de los hombres amigos de Dios. Es el Espíritu Santo que ha actuado directamente realizan­do el misterio de la Encarnación en el vientre virginal de Ma­ría y ha colmado a Je­sús desde el seno ma­terno, empapándolo en el bautismo del Jor­dán. El Espíritu, que como un fuego abrasador ha hecho agradable ante el Pa­dre la ofrenda de Jesús en la cruz, en virtud del Espíritu eterno. El Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muer­tos, colmándolo del amor del Padre. El mismo Espíritu que Jesús resucitado insufla en el corazón de los apóstoles: Re­cibid el Espíritu Santo... El Espíritu que, como llamaradas de fuego, se posó sobre los apóstoles reunidos en oración con María.

Esta persona divina es para muchos el gran descono­cido. Sin embargo, toda la vida espiritual, la vida según el Espíritu, tiene en Él su origen, su crecimiento y su pleni­tud. Él es el protagonista de la vida de gracia, de las vir­tudes infusas, de los dones. Es el autor silencioso de to­do crecimiento espiritual. Es el alma de la Iglesia. Es el motor que transfor­ma la historia huma­na desde dentro. En la fiesta de Pentecos­tés pedimos que se realicen en el cora­zón de los fieles aquellas mismas ma­ravillas que Dios obró en los comien­zos de la predicación evangélica. ¡Ven, Es­píritu Santo! El Espí­ritu Santo es como fuego que quema, que alumbra, que da energía y que todo lo renueva. Es dulce huésped del alma, padre amoroso del pobre, fuente del ma­yor consuelo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego.

«¡Oh, llama de amor viva que tier­namente hieres de mi alma en el más profundo centro... rompe la tela de este dulce encuentro!... Oh cauterio suave, oh regalada llaga» (san Juan de la Cruz). La acción del Es­píritu es inefable. Que Él nos dé a saborear la riqueza de sus dones, «que a vida eterna sabe y toda deuda paga». Que hoy se produzca en toda la tierra un nuevo Pente­costés.

+ Demetrio Fernández

obispo de Tarazona

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