viernes, 11 de septiembre de 2009

Embajador de Cristo 006


Hoy traemos aquí las páginas 52 y 53 de la Historia de Cristo de
Giovanni Papini.

Página 52 GIOVANNI PAPINI


ofenda sangrienta de los puros, en este diezmo de coetáneos. Perte­necían a la generación que lo había de traicionar y crucificar. Pero los que fueron degollados por los sol­dados de Herodes este día no lo vieron, no llegaron a ver matar a su Señor. Lo libraron con su muerte y se salvaron para siempre. Eran Inocentes y han quedado Inocentes para siempre.

Apenas se hunden en la obscuridad las casas de Be­lén y se encienden las primeras luces, la Madre sale a escondidas, como una fugitiva, como una perseguida, como si fuese a robar. Y roba una vida al Rey; salva una esperanza al Pueblo; estrecha contra su pecho a su Hijo, su riqueza, su dolor.


Se dirige hacia Occidente; atraviesa la antigua tie­rra de Canaán y llega en cortas jornadas—los días son breves—a la vista del Nilo, en aquellas tierras de Mitsraim, que tantas lágrimas había costado a sus pa­dres catorce siglos antes.


Jesucristo, continuador de Moisés, pero también en cierta forma anti-Moísés, rehace, en sentido inverso, el camino del primer Libertador. Los Hebreos habían estado bajo el látigo de los Egipcios; esclavos mal alimentados, tolerados a duras penas, vejados. El Pas­tor de Madián se convirtió en Pastor de Israel y con­dujo a través del desierto la gente de dura cerviz, hasta dar vista al Jordán y las viñas maravillosas. El pueblo de Jesús había partido con Abraham de Caldea y con José había llegado a Egipto; Moisés lo había devuelto de Egipto hacia Canaán; ahora, el mayor de los Li­bertadores volvía, amenazado, hacia las orillas de aquel río donde Moisés había sido salvado de las aguas y había salvado a sus hermanos.


HISTORIA DE CRISTO Página 53


Egipto, tierra de todas las infamias y magnificen­cias de las primeras épocas; India africana donde las ondas de la historia iban a deshacerse en la muerte - Pompeyo y Antonio habían terminado pocos años hacía, sobre sus playas, el sueño del imperio y la vida - ; este país prodigioso, engendrado del agua, que­mado por el sol, regado por tantas sangres de pueblos diversos, entregado al culto de dioses en forma de bestias; este país absurdo y extraordinario era, por ra­zón de contraste, el asilo predestinado al fugitivo.


La riqueza de Egipto estaba en el fango, en el fér­til limo que el Nilo vertía todos los años sobre el de- sierto juntamente con los reptiles; el pensamiento fijo de Egipto era la muerte; el pingüe pueblo de Egipto no quería la muerte, negaba la muerte, pensaba vencer a la muerte con las simulaciones de la materia, con los embalsamamientos, con los retratos de piedra confor­mes a los cuerpos de carne que esculpían sus estatua­rios. El rico, el pingüe egipcio, el hijo del barro, el ado­rador del buey y del cinocéfalo no quería morir. Fa­bricaba para la segunda vida las inmensas necrópolis, llenas de momias fajadas y perfumadas, de imágenes de madera y de mármol, y levantaba pirámides sobre los cadáveres para que el montón de piedra los salvaguar­dase de la consunción.


Jesús, cuando pueda hablar, pronunciará la senten­cia contra Egipto; el Egipto que no está únicamente en las orillas del Nilo; el Egipto que no ha desaparecido todavía de la haz de la tierra con sus reyes, sus halco­nes, sus serpientes. Cristo dará la respuesta definitiva y eterna al terror de los egipcios. Enseñará la vanidad de la riqueza que viene del barro y barro se vuelve, y condenará to -


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