miércoles, 30 de septiembre de 2009

Embajador de Cristo 012




Traemos las páginas 66 y 67 de la Historia de Cristo, de
Giovanni Papini

Página 66 GIOVANNI PAPINI

visto el relámpago que rasga el Oriente y fustiga hasta Occidente la negrura del aire.

Pero Jesús no ha leído únicamente en la clara y co­loreada escritura del mundo. Sabe que Dios ha ha- blado a los hombres por medio de los Angeles, de los Patriarcas y de los Profetas. Sus palabras, sus leyes, sus victorias están escritas en el Libro. Jesús conoce los maravillosos caracteres con los cuales los muertos transmiten a los no nacidos los pensamientos y las memorias de los tiempos antiguos. No ha leído más que los libros en que sus ascendientes han escrito la histo­ria de su Pueblo, pero los conoce en la letra y en el espíritu mejor que los doctores y los Escribas, y le darán derecho a trocarse de escolar en maestro.

LA ANTIGUA ALIANZA

El Hebreo fué entre los pueblos el más feliz y el más infeliz. Su historia es un Misterio que empieza con el idilio del Jardín de las Delicias y acaba en la tra­gedia de lo alto del Calvario.

Sus primeros padres fueron amasados por las ma­nos luminosas de Dios y hechos dueños del Paraíso —país de fértil y perpetuo Estío entre Ríos apaci­bles—, donde pendían los frutos del rico Oriente, de pulpa carnosa, a la sombra de las hojas nuevas, al al­cance de la mano. El Cielo, fresco por la reciente he­chura, iluminado hacía pocos días, no manchado aún por las nubes, no herido aún por los rayos ni consu­mido por los ocasos, velaba sobre ellos con todas sus estrellas,

HISTORIA DE CRISTO. Página 67

Los dos debían amar a Dios y amarse: éste fué el Primer Pacto. Ni fatiga, ni dolor; ignorada la muerte y su miedo.

La primera desobediencia trajo un primer castigo: el Destierro. El Varón fué condenado al trabajo; la Mujer al parto. El trabajo es penoso, pero da el pre­mio de las cosechas; el parto es penoso, pero da el consuelo de los hijos. Con todo, también estas felici­dades inferiores e imperfectas pasaron rápidas, como hojas devoradas por las orugas.

El Hermano mató por primera vez a su Hermano; la sangre humana vertida sobre la tierra se corrompió y (exhaló olor de pecado. Los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres, y nacieron los Gigan­tes, cazadores feroces, violentos y homicidas, que hicieron del mundo un Infierno sangriento (1).

Entonces Dios mandó el Segundo Castigo: para pu­rificar la tierra, en un inmenso Bautismo ahogó, en las aguas del Diluvio, a todos los hombres con sus delitos. Uno solo, por ser justo, se salvó, y. con él hizo Dios el Segundo Pacto.

Comenzaron con Noé los antiguos tiempos felices de los Patriarcas, pastores errantes, jefes centenarios, que vagaban entre Caldea y Egipto en busca de pas­tos, de pozos y de paz. No tenían patria estable, ni casa, ni ciudades. Llevábanse con


(1) Nos hemos permitido modificar el texto del autor, que dice: "Las hijas de los hombres se unieron con los demonios", pues se trata de una evidente equivocación. Lo que el Génesis dice (6, 1-2) es que los hijos de Dios (los descendientes de Seth) se unieron con las hijas de los hombres (descendientes de Caín). Tampoco afirma claramente el texto hebreo que de aquellos matrimonios naciesen los gigantes; según muchos in­térpretes, el autor sólo consigna el hecho de la existencia de los gigantes, sin explicar la causa.—(N. de los E.)


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